adios

Si tuviera que decir una palabra en este momento, no tendría ni idea de cuál elegir de entre la maraña de epítetos, hipérboles y otras criaturas que pululan en mi cerebro.

Quizás adios sea la primera que me venga a la mente.

Si comparas este vocablo con cualquier otro de los que pueda hallar en mi mente, podríamos sin duda llegar a la conclusión de que éste es el único que no se verá acompañado por otros al final de su camino. Es esa propiedad mágica contenida en su interior que consigue de manera instantánea callar las voces que se condensan a su alrededor. Qué cierto es que resulta cada vez más complicado conseguir que una de las dos partes que emiten estas cadenas interminables de quejidos hilados entre sí en forma de monológicas sinfonías dejen de intentar competir en cuál la tiene más larga.

Adios supone el corte final e irreversible a cualquier secuencia, no importa el carácter o intención de la misma previa intervención del movimiento final de sus tijeras.

Si os dáis cuenta, no se usa en demasía esta palabra. Se la considera apartada del espectro social por su propia culpa, como un apestado individuo al que se ha abandonado con su botella de vodka barato y al que sólo se le usa en las conversaciones cuando aparece en el horizonte de la mirada para arruinar cualquier atisbo de romanticismo veraniego.

Figúrate tú cómo está el patio, polaco en este caso.

Pensando en todas estas filológicas danzas en forma de cul de sac se me ocurrió que el paso de la edad está poco a poco transformando la velocidad y el tempo de mi percepción. En términos gramaticales es como si cuando uno es jóven todo está escrito en clave de pretérito indefinido: acción, cuenta atrás, velocidad máxima, acelerador pisado a fondo…como una rana que salta de uno a otro de los nenúfares succionando todo lo que encuentra a su paso.

Con el paso del tiempo todo se vuelve más lento, se observa más, se escudriña el paso del aire en cada una de sus ráfagas. Todo es imperfecto, morfológicamente perspicaz. La vida te hace ver el código de Matrix, la sucesión de Fibonacci hallada en el interior de un sorbo de café, en el anhelo del contacto delicioso de unos labios femeninos que se abren y cierran al paso de mi último adios en su seno.

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