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Una vez pasó que el espectáculo empezó sin los artistas en el escenario. De una manera natural y, como si se tratara de algo completamente lógico, la función comenzó sin los actores. No había nadie allí delante, ningún fracasado con ilusiones de grandeza había aterrizado en aquel teatro de cuarta en aquella ciudad de quinta categoría.

A nadie pareció importarle.

Las miradas se agolpaban intermitentemente entre un ángulo y el otro de la escena y los espectadores comían sus tentempiés de diversa índole bajo el toque atento de una saliva creativa que no dejaba de salir de aquellas bocas sin cierre.

La música la ponían los propios espectadores sin pretenderlo. Las guitarras consistían en el paso de los dedos finos y suaves de las muchachas de pelo fino y sedoso, los bajos consistían en un retumbar contínuo y acompasado de los latidos de los asistentes; la percusión era obra de los dedos de aquellos señores cuya impaciencia los impulsaba a tocar de manera repetitiva la superficie de los costados de sus butacas.

Pasaron 50 minutos y seguía sin haber ni rastro del grupo teatral que se suponía tenía que representar una obra de Beckett. Probablemente algo rimbombante que había llenado de orgullo a todas aquellas personas en el momento de justificar el elevado pago de aquellas entradas en un día corriente entre semana. Más de uno había sufrido del mal del comprador de mano rápida y picha floja. Uno de tantos que se enorgullecía de lo que más carecía.

Pero no, aquello no estaba defraudando a nadie.

Una obra perfecta en su sincronía con la metáfora del vacío de la incomprensión atemporal del compendio metafísico de lo infinito recorrido en un intervalo de tiempo impreciso.

Los críticos se habían empeñado en otorgar esos calificativos a una obra sin precedente alguno. Los presentes se sintieron bendecidos por la posibilidad de haber sido parte de todo aquello.

Cuando por fín los actores entraron en escena los espectadores habían abandonado la sala, dejando ese rastro de palomitas rancias en las axilas correosas de los asientos y el rastro de su perfume de las navidades pasadas suspendido en el aire.

Cuando la función por fín se decidió a comenzar no había nadie para presenciarlo.

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