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Hoy me encuentro en otro extremo del espectro humano. La Naturaleza ha sido devorada por las casas repletas de ventanucos cubiertos del plástico pálido de la intolerancia.

Me viene a la mente la imagen de un pasillo en un hospital cualquiera. Mi barbilla está partida en dos, las caídas hace tiempo que dejaron de ser fortuitas.

Memorias de la Antártida. Sin Meryl Streep pero lleno con estepas cosidas la una y la otra bajo el manto de tiritas desnudas de humanidad.

Me siento y tomo un café. Al fín y al cabo el café es igual en un bohemio café de Roma que en cualquier centro comercial del mundo. Las mesas están más limpias, eso sí, rezumando el olor de productos de limpieza de nuestra propia casa. Quizás es ese el objetivo: que te sientas en tu hogar, que consumas como lo haces en él. Que trates a la camarera como a tu pareja o a alguien de tu familia. En resumidas cuentas que uses lo que quieras, que ellos se encargan de todo.

Mi camarera parece salida de cualquier película porno que hayas podido ver en esas noches solitarias entre semana.

De nuevo nos venimos arriba.

El frío se ha quedado para siempre en los flecos de esa sonrisa que consigue despertarme de modo más eficaz que cualquier café del mundo

Miro a mi alrededor y comprendo al instante la sonrisa cómplice de la camarera: mis compañeros de sala superan con amplitud la cincuentena. Esas permanentes que aplacan la senectud del cabello, los colores asépticos, el aroma amorfo de lo religiosamente adecuado.

– ¡Coño, es domingo! ¿qué hacen aqui?

– Deben estar jugando al bingo con los números de serie marcados en los billetes del tranvía.

El día que venga después de otros tantos como éste quizá me regale en exclusiva un cuerpo tan particular como el de mis vecinos. Adornado por todo el esplendor de la flacidez. Ahora al menos una parte de mí impide que sea idéntico a ellos, esa parte que me otorga todo el calor necesario para sobrevivir al largo invierno de la soledad que me embarga desde hace tantos meses. Este centro de gravedad negativa, cálido y tembloroso que sólo obedece a los movimientos de esa camarera rubia a la que hace tiempo nadie ha piropeado.

Su compañera en cambio me recuerda a una presentadora de televisión. Uno de esos programas en los que la gente sale de su anonimato por unos minutos y cuenta toda su vida íntima delante de millones de espectadores que están semidespiertos al otro lado del sucio vidrio comercial.

Mis vídrios están más limpios, pero mi alma está bastante más sucia que la de esos desdichados a los que pagan por contar sus miserias.

Tenéis suerte, yo no cobro nada. Mi verborrea es gratuita. Sentáos, que continúo.

Descubrir a fín de cuentas que la presencia de uno despierta el interés de algún que otro desconocido es a la vez algo te te place y te disgusta. El ego crece al compás del cosquilleo que repta en la piel de la zona cálida que mencionábamos antes. Pero al mismo tiempo el paso de la experiencia y de los sonoros y rotundos fracasos sentimentales con los que mi vida ha menguado sobremanera, ejercen un peso muerto sobre mí que finalmente vence al fragor de la victoria hormonal.

Entonces pienso: si el envoltorio no es tan feo, ¿cómo es posible que al final todas me dejen por otro?

Sí, señora. Por cualquier otro, no importa.

El interior de este particular envase que esta gente ve está muy probablemente vacío, sólo visitado por la amargura de la ausencia de cualquier tipo de valor y con el intenso aroma de la contínua decepción que provoco en todas las personas que comparten espacio conmigo.

Lo más soso que jamás haya probado boca alguna.

En resumidas cuentas, y mientras acabo mi café en este lejano pero nutrido centro comercial, me doy cuenta al fín de que la naturaleza de lo que más detesto en la vida no es nada ajeno a mí. Lo conozco tanto porque dentro de mí sólo soy eso: un regalo decepcionante con algo vulgar y común en el interior.

Un artículo en oferta que no debías haber comprado por que te das cuenta de que es completamente inútil, obsoleto, anodino.

Gratis, pero inútil.

 

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