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Como un ente autónomo dentro de otro ser más grande, encerrado como una muñeca rusa en ese otro yo al que saluda la gente por la calle, me he hecho pequeño dentro de un cuerpo que debería haber ocupado en su totalidad. Es como si hubiera encontrado una vía dolorosa en lo más profundo de mis entrañas y hallado un hueco entre toda aquella víscera existencial para depositar toda la carga de mi miseria. 

Un oasis en el que he acampado y no tengo previsto evacuar.

Desde aquí puedo disfrutar de unas vistas magníficas: puedo ver vuestras caras, gestos y de algún modo nada de lo que hagáis me puede llegar a afectar lo más mínimo. Lo bueno es un paquete que llega con la fecha de caducidad rebasada, un halo de aire que sale de tu boca en pretéritas noches de invierno. Lo malo es sólo un eco de una canción que quiere existir en los centímetros que se abarcan entre el pozo de una oreja y su hermano gémelo.

Hago una pausa para observar el mundo al otro lado de mi otro yo.

El maldito hijo de la vieja puta del balcón constantemente muestra con su paso diestro y decidido que es el dueño de la calle. Se dedica a proferir una serie de contínuos movimientos espasmódicos con los que intenta emitir palabras que tengan sentido para los demás. No es sino un hombre pez para mí, luchando vanamente por encontrar aire en un mundo que terminará por devorarlo sin piedad. 

Y dentro de mí sigue sin moverse gran cosa.

Percibo al otro lado de mi vista una boca de mujer exhalando humo a través de unos labios que se tiñen rápidamente con la blanca niebla que evoca a las blancas olas que golpean suavemente y hacia afuera la hermosura que le espera en su carnosa orilla.

Me imagino un poco más acerca de ella y de repente me ofrece una calada que me invita a participar de este suave vaivén de aire que ya nunca será tan tóxico para mí. No me envenena, pero tampoco me hará circular mi sangre con mayor potencia. 

Simplemente fluye.

Nuestros dedos se tocan para pasarnos una y otra vez el testigo de lo que compartimos como si no nos quedara nada más en el mundo que compartir. En el bar de los colores, el blanco es el nexo de unión entre almas ennegrecidas por el paso del tiempo en la penumbra de una soledad creciente y angustiosa.

De repente ella ya no está sola y yo me tengo que largar de allí.

Como siempre las mesas están reservadas para otros. En esta ciudad nutrida de noctámbulos de diferente credo, me temo que mis huesos nunca caerán dentro del selecto club de los elegidos para la gloria de la decadencia.

Beben, viven, pasan.

Yo me quedo.

Vuelvo.

Me voy sin irme.

Me quedo sin entrar o salir de aquí.

Soy y estoy.

Ya.

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