Tags

,

Image

El cuadrilátero se hace más y más grande para el adversario, la superficie toda a su favor. Los rincones ya no me pueden acomodar cuando me repliego sobre ellos para intentar soportar los embistes que una y otra vez me golpean los costados.

Una y otra vez. Otra vez y de nuevo vuelta a empezar.

Para mí, las cuerdas a los lados del ring ya son como tentáculos de un monstruo que se avalanza más y más sobre mí con el fín de desgarrarme uno a uno cada uno de mis miembros mientras suena la melodía para el vencedor. El suelo se hace pendiente, el aire es un placer de cuya lujosa presencia yo no puedo contar.

Los golpes se acumulan y yo sólo tapo mi cara para no recibir en el centro de mi mirada. Es ahí donde más duelen, allí donde el ego, el corazón y mi propia alma se juntan en uno para de una vez quebrar las idílicas imágenes de un pasado que quizá no existió. Y si lo hizo ya da igual, porque no lo puedo sentir.

Parece como sí con cada uno de los golpes que estoy recibiendo quiera alejar con una brazada los sentimientos que experimenté en la otra orilla. Aguas templadas que ya casi no puedo vislumbrar. A veces no siento nada, y me he aclimatado al vaivén de un golpe sordo encontrando músculos endureciéndose por el paso de las noches sin días. Otras veces el adversario me da de lleno, acierta en su diabólica sarta de derechazos, las costillas se hacen astillas y perforan un poco más el dolor hacia adentro.

Parece que nunca lo suficiente

En este combate yo no tengo nada que ganar y todo por perder. El rival es más grande, más fuerte y mucho más rápido que yo. Además parece que en los últimos tiempos también ha añadido a su repertorio la habilidad de hacerme creer que yo tengo algún control sobre la situación. Me conoce, se burla, baila conmigo en este ring que se cierra como mí como la boca de un carnívoro animal que clama a su presa tras largo tiempo de hambruna.

Cuando el combate empezó, todo el mundo pensaba que el púgil más débil se negaría a participar. No tenía sentido. No había nada que demostrar, era una pelea en la que nadie saldría ganando, especialmente yo. Una pelea que nunca podría ganar, una pelea en la que no había nada por ganar.

Y yo ya sé que no hay nada por ganar, nadie a quien convencer. No hay premio al otro lado de los doce asaltos.

Una vez pasados un par de asaltos, lo lógico era tirar la toalla. No hay entrenador que me defienda, que me aconseje uno u otro movimiento. Nadie puede hacer nada por mí. Alguien debería haber parado esto, pero la realidad es que tampoco hay mucho público. La gente entra y sale. Algunos se aburren por el espectáculo bochornoso. La superioridad es aplastante.

Y aquí sigo yo, resistiendo cada uno de los golpes que recibo. Ocultando mis notables deficiencias con la violencia de un adversario que no tiene piedad.

Espero, crezco con cada uno de esos golpes. No espero nada, no merezco nada. Sólo quiero ser más fuerte que este ring, que ese rival. Quiero estar por encima de toda esta mierda que me rodea. No pertenezco a ningún cuadrilátero, mi cuerpo no está aquí.

No me toca, no me alcanza tan dentro como para que me rompa para siempre.

Al final, mi rival se cansará y mi crecimiento se habrá completado. Entonces, en el último asalto y cuando todo parezca haber acabado, despertaré aquí y allí. Con mis puños y con mi alma.

Volando por encima de las reglas y la muerte. Mi sangre correrá por encima de todo y me hará invencible

Advertisements