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– Una botella de tu sangre por favor

– Enseguida, señor. ¿Cómo la quiere: fresca, del tiempo o caliente?

Del tiempo, gracias

La chica descubrío su brazo y suavemente deslizó la cuchilla por su muñeca. Me dejó probar la primera sangre que salió de ella como estaba establecido en el cánon de los buenos restaurantes. Le dije que estaba muy bien, pero que le faltaba un poco de aroma. Tras esto me pidió por favor que la acompañara a la habitación reservada a las reclamaciones de los clientes. En ella se atendía a las peticiones más comunes: falta de punto de hedonismo, sobrecarga de artificialidad y falsedad así como otras deficiencias comunes en el servicio.

En mi caso no se trataba de ninguna falta en el producto. En realidad, quería probar si mi camarera en realidad estaba hecha de material humano o si era uno más de aquellos humanoides que poblaban nuestro país en el año 2045.

Las personas, se pensaba, habían desaparecido dejando paso a una serie de entes con un físico muy embellecido pero que adolecía de los principios básicos que se les supone a los seres humanos: es decir, egoísmo, capacidad para la egolatría y un gusto exquisito por los placeres individuales. Todo el mundo sabía a estas alturas que esas eran las virtudes básicas de cualquier ser humano que se prestara.

Por eso los habíamos amado tanto y los amábamos todavía.

Corría la tendencia de pensar que ya no existía buen producto en la ciudad ni en ninguna otra parte en el continente. Que de tanto beber de ellos, usarlos a nuestro antojo, violarlos y gozar de sus cuerpos hasta el extremo, habían terminado por exterminarse.

Aquella noche yo quería comprobar si, en aquel restaurante de cinco estrellas de la ciudad francesa de Nancy, todavía existía un ejemplar cuya piel fuera natural, su flujo proveniente de un corazón corrupto en vicio y si su sexo seguiría latiendo por la presencia de uno de los míos.

Se quitó la ropa sin dejar de mirarme a los ojos. Se despojó de todos los prejuicios cuando abrí mi boca a los placeres de su carne palpitante y deposité toda mi hambre en sus venas henchidas del dolor de la existencia. Bebí más y más, gozando de mi naturaleza como no lo había hecho en mucho tiempo.

Aquella mujer era verdaderamente humana.

Vertí mi lascivia en ella varias veces aquella noche y deposité mi gratitud en aquella buena gente que dirigía aquel restaurante. Ya no quedaban sitios como aquel.

Me dije que volvería más a menudo a aquel sitio donde todavía trataban bien a los clientes que, como yo, seguían gozando de los placeres más profundos y recónditos de la casi extinta y peculiar especie humana. Un especie cuyos delirios de grandeza y sus ilusiones de poder dotaban de un sabor y aroma completamente único a la sangre que se derrababa por las gargantas de todos nosotros.

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