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Al principio sólo existieron sus ojos, inmensos círculos de completa oscuridad absorbiéndome por completo. Como agujeros negros. Me gustaría decir que el sentimiento fue recíproco, pero me contenté con todo lo que ella me dio aquella fría mañana de marzo. Pronto me di cuenta de que en realidad ella me fue seduciendo progresivamente y sin costarle el mayor esfuerzo. Disfrutó con cada instante en el que yo no podía mirar a otro lado, en el que mis movimientos dependían exclusivamente de lo que ella gustase.

Y por supuesto yo no opuse ni la menor resistencia.

Quiero dejar claro una cosa aquí mismo y ahora: estoy seguro de que para ella no fui nada. Estoy convencido de que dos horas después de lo que sucedido yo soy el único que sigo maravillado por el influjo que tuvo esta mujer en el breve tiempo que respiramos en la misma burbuja existencial. Una vez estalló la burbuja ella ya me ha debido olvidar.

Queda la esperanza de que la próxima vez que nos crucemos recuerde todo el deseo que provocó en cada célula de mi cuerpo.

Porque eso es lo que sucedió. A falta de dos paradas para un destino que nos iba a separar en la misma parada de autobús ella se dirigió hacia mí. Podía haber escogido cualquier lugar en aquel autobús para esperar a salir pero por algún motivo se situó delante de mí.

Me gustaría pensar que mi hambre la atrajo, que mi deseo la trajo más cerca de mi tormenta interior. Yo quería más de ella y ella me lo dio.

Me ofreció su espalda a una distancia menor de la prudencial pero no fue hasta minutos más tarde que pude ver que ella estaba más cerca de lo que yo había pensado en un principio. La causa de esta torpeza geográfica fue su aroma intenso y suave que parecía emanar de la base de su cabello y que recorría el nacimiento de su espalda.

Aunque estábamos en paralelo, ella dejó un ángulo cercano y lo suficientemente visible para que yo pudiera observar de manera clara la sensualidad de su rostro, la carnal atracción de sus labios llenos de lo femenino. Recorrí la longitud de sus brazos con mi mirada hasta sus manos, con las que agarraba firmemente aquella barra que nos separaba. Me la imaginé intentando coger todo el placer y el deseo que estaba circulando en aquel extremo caliente de mi entrepierna. No pude evitar pensar en lo que podríamos hacer ella y yo con todo esa energía que circulaba dentro de mí y que yo esperaba que despertara también una borrasca íntima similar a la que yo estaba experimentando.

Si ella me hubiera mirado directamente a los ojos en aquella posición no sé si habría podido contener mis brazos o impedir que mi boca se abriera para articular algo con mi lengua…alguna palabra o algún beso que me hubiera permitido entrar más profundamente en el seno de aquella preciosa criatura que me estaba embriagando más y más.

Con cada giro del autobús, la curva trazada se acompasaba con la contemplación de cada una de sus formas a cada cual más poderosamente bella. Yo trataba de morder la distancia en cada una de aquellos vaivenes que hacían menguar el espacio y dilatar el paso de la sangre en los capilares de mi piel y en el interior de mi ser.

Habría hecho cualquier cosa por haber escuchado su voz o por haber podido ser tocado por aquella diosa de cabello liso, aroma diabólicamente embrujador y esa piel tan suave y blanca que prometía no tener fin. Me habría perdido en cada uno de sus rincones y habría depositado allí el resto de la vida que me queda por vivir.

Ahora, aquí sentado en mi escritorio sólo me queda darte las gracias. Musa que pasaste y te fuiste. Musa que me regaló unos minutos de magia y de pura sensualidad.

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