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Las gafas se las quité en cuantó nos separó una distancia menor de 20 centímetros. La besé en cuanto pude, como si el tiempo nos fuera a devorar a los dos si no nos hubiéramos acercado antes. Miré de cerca a sus ojos, con la rapidez y la intensidad del que sabe que va a morir si no lo hace. Las espaldas contra las paredes de lo que se ha de acabar de un modo u otro. Las espadas de Damocles ya cayendo sobre ambos.

La tomé entre mis brazos y no la dejé escapar. Escogimos los pétalos de las flores cuya suerte decidimos escoger. Tomé todo lo que quise de ella y no me quedó ningún rencor ni remordimiento.

Vivimos la muerte del amor juntos, pero ella llegó al final mucho antes que yo. Encontró la salida a todo aquel bendito caos de besos y orgasmos. Se deslizó por aquellos fluidos y se sirvió de todos ellos para encontrar la salida al poderoso influjo del amor.

Y no sólo era amor

Y no sólo eran ellos dos

Me levanté dolorido, hambriento, con la escarcha de la incomprensión cubriendo mi cuerpo, gelatina densa que intenta que olvides el pasado y te lleve al futuro.

Yo me quedé dentro del averno. Ávido, poseído por el amor que creía haber hallado en el espacio entre su seno y su boca. El cálido vapor del amor se esfumó. Desvanecido, desperté en un submundo al que llamo rutina.

Así es como me encontrarán algún día. Algunos dirán que me encontrarán sin vida. Yo, desde el otro lado les diré que por fín estaré vivo de nuevo.

Libre del dolor.

Libre de la enfermedad del amor.

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