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Amaneció con la sorpresa cayéndole literalmente sobre las manos. Un paquete con todo aquello que había imaginado que sería lo más precioso del mundo. Aquel algo le había hecho levantarse todos los días con una sonrisa trazada en los límites de aquellas comisuras de sus labios. Habría dado lo que fuera por poder tocar y sentir el contenido de aquella caja mucho antes, pero la espera no sólo no le había desanimado sino que había amplificado su ansia por recibir por fín aquello.

Cuando por fín lo abrió descubrió que el objeto de su deseo no era como lo había imaginado. El precioso contenido de la caja carecía de algunos elementos con los que él había construido su imagen en el cerebro. El tacto era rugoso donde debía emitir suavidad, el aroma del mismo se ahogaba en las grietas en sus extremos e incluso el aspecto del mismo era opaco donde debía despedir el brillo más potente.

Estuvo horas delante del paquete que ya sólo contenía los pedazos dispersados de los sueños de una década entre las manos. El impacto de aquella visión le había dejado anonadado, estupefacto. Después la sensación de ridículo le asaltó como si le quisiera robar sus anteriores pensamientos.

Y después la esperpéntica risa lo inundó todo. Rió tanto que sólo los goznes de su mandíbula le impidieron morir en el intento de cubrir el drama con comedia.

El aceite de la tristeza siempre flota sobre todo tipo de inocua comedia

Pasó las siguientes hora deambulando por las frías y oscuras calles de su ciudad, entre nombres de personas que no podía pronunciar, reflejo de la incomprensión existencial que le embargaba.

Por fín pensó que era realmente justo y correcto lo que le había acontecido. Muchos momentos de su vida habían sido miniaturas de lo de aquella mañana. Había perfilado los contornos de sus sueños con pinceles que sólo existían en su imaginación. La tinta no se podía haber encontrado en ningún otro lugar que en su interior.

Nada nunca había sido como él lo había imaginado. Se alimentaba de sueños grandilocuentes a los que finalmente se les ponía fín con rápida y fría indiferencia.

Lo que descubrió aquel día es que en realidad no había mirado el paso de su vida desde la perspectiva adecuada. No es que las cosas al final le terminaran de provocar desazón y un profundo descorazonamiento. Lo que en realidad había pasado desde el primer momento de su existencia llena de pendientes sin control era que nada de aquello -ni siquiera sus más osados sueños o sus mas temidas pesadillas- eran en absoluto de su propiedad.

Nosotros somos propiedad de nuestros sueños y pesadillas. Somos víctimas de la ilusión, ingredientes de un cóctel que otros beberán entre carcajadas y besos. La ficción es una realidad sin fracturas ni fisuras. Un ente que sobrepasa la perfección.

¿La realidad? Pura farsa, limitada en su superficie y formada por elementos con múltiples cortes y cicatrices.

Puro material defectuoso

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