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Como cada mañana se dispuso a contar minuciosamente el número de dientes que anidaban en su boca. Lo hacía con parsimonia, venciendo con cada toque de su lengua a la paranoia que repicaba con insistencia en su psique. Después de que su lengua hubiera hecho de particular calculadora apaciguante, le tocaba el turno a su cepillo de dientes, previo paso de su dentrífico que se deslizaba cremoso por entre aquellas afiladas piezas.

Después de casi una hora y media de ritual en el que nuestra protagonista se hubo provisto de toda la indumentaria y arreglos necesarios para hacerse visible en sociedad, pudimos escuchar el taconeo de sus zapatos en el portal.

La calle se postró ante ella y le ofreció todo lo que tenía para su propio deleite. A pesar de que no proyectaba imagen alguna en los escaparates ante los que iba paseando, el cruce de miradas de todos los que la veían le servía a nuestra dama de espejo perfecto. Un espejo que rezuma deseo y chorrea lividinosas melodías el tomarlo entre sus manos.

Entró en un callejón con salida y proyectó todas las sombras para que cubrieran sus pasos en el mismo y le sirvieran de techo protector de sus instintos. Al otro lado del mismo se agolparon los cuerpos de hombres hechizados por el poderoso aroma a mujer, el irresistible aura de la promesa de sexo insaciable e ilimitado.

Señaló a uno de aquellos hombres y le hizo señal para que se acercase a su seno abierto en dos en aquella simetría de labios rosados. La sangre se había cobijado en casi totalidad en su entrepierna, entorpeciendo su paso. Ella le agarró de su miembro y lo observó durante unos minutos. Lo acarició mientras palpitaba en su mano, anhelante, obediente a unos impulsos que habían de abrirse paso en las húmedas profundidades de nuestra dama.

Minutos después, el sexo seguía latiendo en sus manos, incluso cuando el corazón del hombre ya no podía de manera física bombear más sangre en esa dirección. En efecto, todos los deseos del hombre ya le habían abandonado y todo lo que quedaba de él estaba esparcido sobre aquella mujer de pálidos muslos que yacía bajo su cuerpo.

La visión de aquel hombre desprovisto por completo de su sangre y de su masculinidad no ahuyentó al resto de los individuos que allí se hallaban. Uno a uno ella los fue desmembrando, dándoles el último placer en la tierra y desvirgándolos de sus futuros y ya presentes días en el infierno de su perdición. Uno a uno se fueron abriendo los orgasmos de nuestra dama mientras caían progresivamente las horas hasta el momento del amanecer a aquella noche que habría de repetirse hasta que todas las almas hallaran por fín la paz en el hedonismo más puro de sus existencias.

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