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Cuentan que una vez un escritor estaba tan falto de ideas que decidió convertirse en la idea de otro. Abandonó toda esperanza de que le visitara aquella musa cuyo rostro apenas recordaba y se zambulló en las aguas de los otros. Tomó aquella decisión y desoyó las voces de su ego reclamándole un poco más de tiempo. Le pidieron que se lo pensara mejor y que alargara el plazo de entrega para aquel lector virtual. De todos modos, aquel potencial rostro al que se le debieran de haber iluminado los ojos tras la lectura de sus escritos ya hacía largo tiempo que le había dejado solo. Harto, frustrado, maltrecho y en profunda depresión.

¿Quién quedaba por decepcionar?

Pensó que ya había agotado todos los plazos límites de aquellos a los que estimaba, había engañado, mentido, llenado de falsas promesas a todo aquel que se había cruzado en su camino. La historia de su vida estaba llena de ilusiones, de potencial, de campanas que parecen sonar pero que no eran sino destellos de algo que él nunca se empeñó en cultivar. Al principio pensó que se trataba de falta de trabajo y dedicación, que tenía un talento por explotar y que sólo necesitaba tiempo, paciencia y horas de observación. Resultó que lo verdaderamente relevante no era el talento por explotar sino el mero hecho de explotar ante el talento que en realidad nunca había existido.

Llegó a la conclusión de que aquellas ilusiones de escritor de oscuras masas, minorias sedientes de oscuras melodías junto a la luz de una vela en un garito del XIX ya no eran parte de su vida. Se había imaginado un ser inteligente, de buena conversación, con profundas ideas y un rostro más bello de lo que algunas personas querían admitir. Al final, lo único profundo en él eran esas cicatrices que año tras año iban aumentando en su cuerpo y en su rostro. Cada vez más cerca de sus ojos para que lo pudiera ver, cada año más cerca de su boca para que lo pudiera contar.

Se dio cuenta por fín de que aquel mundo que había imaginado, lleno de bellas sombras y oscuros y románticos recodos en el que él debía de ser la voz cantante era una completa y surtida sarta de patrañas manidas, sobadas con el paso de sus dedos por el ordenador. Su imaginación había sido su mejor amigo, había tejido con ella una gasa que tapizaba el exterior de una tela que embellecía lo grotesco y engrotecía lo más banal.

Estaba, pensamos, habitando en un mundo de mentiras ascendentes y convergentes en el mismo punto de la puta curva que lo engendró en su podrido cerebro lleno de quimeras que se burlaban del público asistente. Un títere en manos de un payaso burlón que de vez en cuando le lanzaba caramelos que endulzaban a su graso ego, seboso y amorfo cabrón de piés hediondos, faltos de ritmo y compás, de rima, aroma. Simplemente carcoma, sarro, y óxido en torno a unas neuronas torpes, embobadas a la espera de un Godot que ni siquiera sabía que debía moverse de su lecho.

Ahora sólo le quedaba decidir en qué historia aparecer. Algo trágico sería demasiado heróico para tan nimia perversión. Sexo y muerte habían sido su obsesión, pero había fracasado en proyectar ninguna de las dos en su puñetera mediocridad de existencia. Sólo había conseguido avanzar en el prodigioso arte de la comedia, de la burla de sí mismo. Había ganado dinero viviendo de una máscara que lo había protegido demasiado tiempo del toque de la profesionalidad.

Pensó así que una obra satírica le iría al pelo. Pero él sólo formaría parte de un momento cualquiera en algún capítulo sin importancia, de transición. Todo el mundo recordaría al libro por su portada y su final. Nadie recordaría a aquel tipo ya no tan jóven, desde luego no tan guapo y fracasado convencido al final que fallecería al venirse abajo una verja en un simple paseo junto al río. Aquel esqueleto con cuerpo alrededor habría caído vencido ante el peso de todas las verjas que debían caer para que el río recobrara ese tono rojizo que avivaría a los cocodrilos y tiburones de su conciencia pretérita. En el fango perdería todas sus facciones de falsa promesa y se quedaría bajo aquella masa marrón que lo engulló para siempre.

Good riddance…

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