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Se le ocurrió escribir la historia más bonita que jamás había contado. No tenía nada claro ni el comienzo ni el fin. Se dijo en cambio que comenzaría un 13 de Noviembre, en un cuarto piso en una ciudad en las entrañas del continente. La música era preciosa, una banda de nombre evocador y que le transportó a dimensiones creativas perpendiculares a sus deseos.

Al otro lado de la ventana siempre fracturada levitaba un día oscuro, permeado por una lluvia tan fina que no dejaba huella en los leves charcos del balcón. Alimentó a sus compañeros, esos tres animales que le acompañaban desde hace ya algún tiempo. Uno de ellos blanco como el umbral del cielo y los otros dos tan oscuros como una noche de noviembre.

Se sentó allí, en su sofá y formuló aquellas palabras en el espacio blanco frente a él.

Siempre debía haber una mujer si la historia había de ser bella. Un rostro sugerente, unos ojos que transportaran tu alma al otro lado y una piel que te envolviera en su suave gozo erótico. Se la imaginaba de espaldas, mirando también a través de aquella ventana fragmentada. Su pelo, largo y ondulado, caía sobre la espalda como única protección sobre su desnuda figura.

Imaginó la esperanza de saber que algún día aquella mujer se volvería y le miraría. Se acercaría a él y lo acogería dentro de ella para nunca dejarlo escapar.

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