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Me senté en aquel tren que me llevaba a Ciudad Real.

Antes había pasado la noche en Alicante previo paso por Jávea y Denia. En esta última localidad me encontré perdiendo el tiempo en una bonita plaza donde perdí el cambio por una cerveza. No me importó mucho la escasez de eficacia del servicio. Pensé que me encontraba a salvo después de un largo viaje por medio continente. Es más, pareció como si fuera un extra que pagar para el placer que experimentaría en días posteriores.

Como siempre, en caso de duda siempre sigue a los tatuajes…notablemente si están localizados en la espalda. Estos me llevaron a Alicante en un autobús donde un tipejo se hizo el chulo con una inmigrante africana. Al parecer el mastuerzo estaba molesto porque la mujer se había tumbado en su asiento y no le dejaba escuchar la música de su iphone en el sitio correcto. Yo pensé en ese momento que en realidad el espacio entre algún puño y la fachada que cubría aquella estupidez sería el verdadero lugar para escuchar la dudosa calidad de la sensibilidad cultural y humana de aquel tipo. Mi compañero de al lado pareció estar de acuerdo con mis reflexiones, y así se lo hizo ver a su compañero al otro lado del whatsapp.

Por fín llegué a Alicante y me dispuse a buscar algún indicio de qué hacer aquella noche. Mi torpeza y falta de confianza en mis habilidades diurnas me hicieron toparme con la estación de tren. Quise comprar el billete para la mañana siguiente y me encontré con una curiosa situación: alguien podía darme información durante una hora pero no venderme el billete.

No me sentó mal, pensé que se premiaba la conversación sobre la mercancía.

Bien.

En aquella ciudad en la que siempre me agrada cobijarme me asaltó una dicotomía bastante profunda en aquel momento: buscar el trago de cerveza o un lugar donde posar la cabeza?

No sé si os he dicho ya que soy una de las personas más indecisas con las que podáis encontraros. Esa indecisión me lleva a lugares con los que nadie se golpea. Es como si quisiera buscar el espacio entre la puerta y la pared, y pillarse los dedos es el resultado normal de todo esto. Siempre he envidiado a la gente que no tiene indecisiones. Puro placer.

Bebí una jarra de cerveza en un lugar común -decepción- y posé mi cabeza en un lugar de lo más cutre que podía esperarme, lo cual me sumió en un estado de mayor tranquilidad. El objetivo había sido claro: encontrar la pensión más barata del centro de Alicante.

Y ya lo creó que la encontré. Bueno, yo y el resto de cucarachas de la ciudad. De todos los tamaños, oiga…toda una fauna.

No me importó, mis sueños seguían melodías dignas de Slayer y que sólo ese tipo de criaturas sabían apreciar: debí ser la única persona en aquel lugar al que le respetaron tamañas criaturas.

La noche fue profunda y corta.

A la espera…

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